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17 oct. 2012

Misión 2ª Parte


Respiró hondo, deleitándose con la paz que inundaba su mente y colapsaba sus sentidos, comos si fuese una sensación única y difícil de conseguir. En cierto modo, así era. Después de tantos años, de tanto sufrimiento, al fin lo había conseguido.

A los pocos segundos, abrió los ojos y observó antes sí el mundo real de nuevo. Guardó el arma en la maleta, con sumo cuidado y descendió las escaleras de la iglesia con pasos firmes, aunque silenciosos. Una vez abajo, se detuvo. Había oído algo, estaba segura. Un único y sonoro paso cuyo sonido había retumbado levemente en toda la nave, un sonido casi imperceptible por su suavidad. Observó con precaución a su alrededor, mientras su melena ocultaba gran parte de su rostro. La iglesia estaba vacía.

Sujetó con decisión el maletín y notó cómo su brazo se tensaba ante el peso de éste. El sonido de sus pasos inundó la edificación de piedra hasta que se perdieron en la estridencia del exterior.

Tomó el primer taxi que se cruzó en su camino, y le dio el nombre del hotel al que se dirigía. El taxista metió la primera marcha a desgana y el coche salió runfando por la calle.

— Vaya día, ¿eh? A veces pienso que en esta ciudad nunca deja de llover.

Ella no contestó. No le interesaba en absoluto mantener una conversación innecesaria con una persona que no tenía relevancia para ella. Se limitó a observar con mirada de hielo los ojos del conductor, reflejados en el espejo retrovisor. Él la miraba a hurtadillas, los sentimientos del hombre quedaron claros para ella; confusión, enfado, y por último, el miedo. Una sonrisa comenzó a brotar en los labios de ella, y una sensación placentera inundó su mente en el mismo instante en que el taxista evitó su mirada.

De pronto, una nueva sensación inundó a la mujer, y su cuerpo se tensó al tiempo que sus ojos se abrían en exceso. Se movió con cuidado en el asiento trasero de aquel taxi maloliente y desgastado, acomodándose en él, y aprovechó para echar una mirada por la luna trasera. Un coche negro seguía la estela de su taxi, el conductor permanecía en la sombra.

De inmediato, ordenó al taxista que virara en el siguiente cruce. Éste obedeció sin mediar palabra, y la sicaria observó con recelo cómo el coche negro continuaba su camino, alejándose al fin de su taxi.

El taxi se detuvo frente al hotel Hopkins, y ella le pagó al instante, apeándose del vehículo con agilidad y elegancia. En el mostrador, una mujer rubia con una sonrisa exuberante la recibió. Dejó la maleta sobre el mostrador y le tendió un papel arrugado a la recepcionista.

— Vengo a recoger lo acordado—dijo, sin más.

— Encontrará un maletín sobre su cama, en la habitación trescientos tres. Disfrute de su estancia con nosotros—respondió la recepcionista, sin perder la sonrisa, mientras tomaba la maleta con dificultad y la depositaba bajo el mostrador. Tras esto, tendió una única llave sobre el mostrador, en cuya chapa figuraba el número trescientos tres.

El ascensor se detuvo en la tercera planta, y la mujer caminó sin prisa por el pasillo enmoquetado en rojo hasta llegar a la puerta de madera que la conduciría a la libertad.

Al entrar, una sensación cálida invadió su cuerpo y al fin notó su corazón palpitar. Se dirigió al cuarto de baño y salpicó su rostro varias veces con agua fría. El espejo frente a ella le devolvía la imagen de una mujer fría y calculadora, desgastada por los años. Sus pómulos sobresalían de su rostro con firmeza y sus ojos oscuros a penas mostraban vida en su interior. Sus labios blancos mostraban una máscara indisoluble de indiferencia.

Se acercó a la cama de matrimonio que ocupaba la mayor parte de la habitación, cubierta por un hermoso edredón blanco puro. Sobre éste se hallaba un pequeño maletín negro con cerrojos plateados. Introdujo la clave y los cerrojos se abrieron a la par.

Inspiró hondo antes de decidirse a abrirlo. “Todo ha terminado” pensó para sí, “Una vez más”.

Abrió el maletín. Sus ojos se quedaron fijos en su interior durante unos segundos, sin saber cómo debía reaccionar. Y, de pronto, lo comprendió todo.

El sonido de un arma cargada encañonada directamente en su sien a penas logró sorprenderla.

— Al fin te decides—susurró ella, esbozando media sonrisa.

— La calle es un lugar demasiado transitado. Los testigos nunca son buenos—respondió una voz de hombre a su espalda.

— No, no lo son.

— La Agencia te da las gracias por tus servicios y todo eso.

— Y vas a matarme, ¿sin más?—entonó ella con indiferencia.

— Ésas son mis órdenes.

Ella encogió los hombros y observó el único papel que había en el interior del maletín. Era un recorte de prensa, y había una foto de una mujer de mirada penetrante, portando una maleta alargada. Cerró el maletín sin miramientos y lo tendió a un lado de la cama. Se levantó del suelo con movimientos lentos, sintiendo la pistola rozando su nuca, y se dio la vuelta para sentarse en la cama, mientras el arma apuntaba esta vez su frente. Al otro lado de la misma se hallaba un hombre de unos 35 años, rubio. Lucía una barba clara de dos días y sus ojos azules traspasaban a la mujer. Entonces, ella sonrió.

— Después de todo lo que hemos pasado, Terry. Quién diría que serías tú quien acabaría con mi vida.

— Sólo compartimos una noche, nada más.

— ¿Realmente piensas eso?

Los ojos de Terry flojearon por un segundo, el segundo que ella necesitaba para arrebatarle el arma de las manos y cambiar las tornas.

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