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23 oct. 2013

individualidad


sólo cuando comprendes que no tienes necesidad de soportar  nadie te das cuenta de que nadie tiene la necesidad de aguantarte a ti. es una lección dura y en ocasiones el ego nos impide comprender la naturaleza de la libertad individual de cada persona, sin embargo, la auténtica realidad es que cada uno de nosotros ve el mundo desde su propia perspectiva, desde su único modo de comprender las cosas y enlazar conceptos. y si algo es cierto es que vivimos únicamente nosotros. cada uno de nosotros, al tener su propia visión del mundo que le rodea, su propia forma de pensar (al margen de la aliención provocada por la familia, educación, los círculos en los que se mueva) es por tanto el único que se percibe totalmente  sí mismo y por tanto la absoluta importancia de la vida cae sobre el individuo. es, por otro lado y a mi parecer, inevitable caer  a lo largo de la vida en toda clase de errores, aunque previamente se hayan sufrido sus consecuencias. la vida continúa, y lo que ayer te hicieron, hoy lo haces tú. de este modo el individuo comprende una misma situación y observa desde dos perspectivas opuestas la naturaleza de  aquello que le hicieron. tan sólo la soledad, el tiempo y la introspección pueden hacer que el individuo sea consciente de sí mismo y logre conocerse, para luego poder comenzar a mantener contacto con el resto de personas que lo rodean de forma exitosa. únicamente un individuo que ha aprendido a convivir consigo mismo esta preparado para  convivir con otras personas, avanzando de este modo equilibrado por el sendero de su vida hacia esa extraña utopía a la que conocemos como felicidad. 
espero ser pronto ese individuo y convivir en armonía conmigo misma y con el mundo que me rodea
lamento el daño que haya causado y acepto y comprendo la naturaleza del daño que me causaron

21 may. 2013

PRESENTACIÓN BAILE DE SOMBRAS

PRESENTACIÓN DE LA NOVELA
BAILE DE SOMBRAS


21/06/2013
de 7 a 8:30 de la tarde
LA CASONA DE REINOSA


¡NO TE LO PIERDAS!


10 abr. 2013

MUESTRA DE BAILE DE SOMBRAS

BAILE DE SOMBRAS
Las noches nunca fueron tan oscuras


CAPÍTULO 1 de muestra

Amaneció gris



Era una mañana como otra cualquiera. Lo único que llamaba la atención era la espesa capa de nubes que cubría el cielo. Eran tan grises y compactas que habían conseguido oscurecer la calle por completo.  Una mañana triste, se podría decir.
Observé con atención a través del cristal sucio de mi habitación. Justo bajo mi cuarto crecía un árbol cuyas ramas ya habían alcanzado mi ventana y a penas se podía vislumbrar algo a través de la espesa frondosidad de las hojas. Parecía que estaba a punto de ponerse a llover. O a nevar.
Resoplé algo desilusionada mientras apartaba mi melena castaña tras mis hombros.
¿Qué importaba si el día era gris y triste? ¿Y qué si el hombre del tiempo había vaticinado que haría un sol despampanante?  Se había equivocado, tampoco era la primera vez. Aunque sí la más extrema.
Torcí la boca, algo desilusionada, mientras intentaba convencerme a mí misma de que no era el fin del mundo. Al fin y al cabo, sólo se habían ido al traste mis planes de domingo, nada más.
Observé abatida mi atuendo, tan poco apropiado para un día como éste. Una mini falda caqui lucía orgullosa, sujeta a mis caderas, mientras una camiseta blanca de tirantes me cubría el cuerpo. La ropa que había preparado para ir al pantano.
Miré una vez más al exterior. Daba la sensación de que la temperatura tampoco debía ser demasiado elevada. Probablemente, sería la adecuada para un buen chaquetón de lana. Vaya verano se avecinaba.
Finalmente tuve que rendirme a la inapelable climatología del pueblo y cambié mi ropa por unos pantalones vaqueros claros y una camiseta de manga larga ajustada y lila. Rodeé mis caderas con un cinturón de hebilla grande y circular, y me cubrí con un chaquetón fino y largo, de color blanco intenso. Al menos estaba amortizando bien la ropa de invierno. Decidí dejar mi melena suelta, a fin de que me cubriese las orejas si hiciese demasiado frío.
Tras echar un largo vistazo a mi reflejo en el espejo de la cómoda de madera, retoqué el perfil de mis ojos ovalados y verdosos con un lápiz negro, y les dí un poco de color marrón brillante a mis labios. Aquel día me sentía especialmente guapa, a pesar de todo. Gracias a Dios, los días anteriores había hecho sol, y mi rostro había adquirido un moreno ligero, librándome así del perpetuo color blanquecino que había arrastrado durante todo el invierno.
Me coloqué de perfil al espejo, observando mi figura un instante. Era increíble cómo un simple chaquetón era capaz de hacerme ganar cuatro o cinco kilos visualmente.
Suspiré derrotada. De todos modos, no pensaba salir a la calle—con el frío que debía hacer—en tirantes, de modo que me abotoné el chaquetón y me recoloqué el pelo hasta que la imagen que me devolvió el espejo me pareció adecuada. Sonreí. Adoraba mi pelo. Había tardado años en crecer tanto, casi me cubría toda la espalda, pero sin duda había merecido la pena. Su color castaño, con algunas mechas naturales en tonos más claros, casi parecía rojo cuando el sol le daba de lleno.
Salí de la habitación, algo abatida, y fui directa a la cocina.
Allí estaba mi compañera de piso, Brenda. Compartíamos hogar desde hacía casi dos años, desde que ella terminó sus estudios, pero nos conocíamos de mucho antes. Habíamos ido juntas al instituto, y siempre fuimos grandes amigas, de modo que nos pareció una buena idea alquilar un piso juntas. Ahora, ella trabajaba como enfermera en un hospital de alto prestigio en la ciudad y pasaba mucho tiempo yendo y viniendo con el coche.
En realidad, nunca comprendí del todo por qué no nos mudamos a la ciudad, ya que ambas trabajábamos allí. Supongo que, como las dos nos habíamos criado en este lugar—un pequeño pueblo rodeado de montañas y valles, que contaba con unos cinco mil habitantes—después de todo, le habíamos cogido cariño.
Hoy era el día libre de Brenda, y se lo estaba tomando con calma. Estaba sentada a la mesa de la cocina, masticando con parsimonia una tostada con mantequilla mientras su mirada se perdía en la oscuridad de la ventana.
Era una chica muy delgada, quizás demasiado, aunque comía como una loca. Ella solía decir que tenía el metabolismo acelerado, y por eso su cuerpo quemaba todas las grasas que le llegaban tan sólo con moverse un poco. Yo siempre le contestaba que, entonces, yo debía tener un metabolismo retrasado, y siempre le hacía reír.
Me acerqué a ella, y al fin se percató de mi presencia. Su mirada marrón se centró en mí con sorpresa, mientras su naricilla chata se movía al tiempo que masticaba. Era una chica realmente guapa. Su melena cortita era de color dorado intenso, y sus rizos caían alrededor de sus mejillas siempre sonrosadas. Finalmente, sus labios se curvaron en una sonrisa desganada.
— ¿Qué? Vaya planazo para hoy, ¿no?—entonó con su vocecilla aguda.
Entrecerré los ojos y me desplomé sobre la silla frente a ella, tomando una de las tostadas del plato.
— No me lo recuerdes—murmuré—Para un día que podíamos escaparnos las dos… y mira qué panorama.
Ella se encogió de hombros mientras sus ojos se entrecerraban.
— De todos modos el pantano estaría hasta arriba de gente… y ya sabes lo poco que me gusta estar rodeada de niños gritando y tirando cosas—rebatió triunfal, con tono de desinterés.
Sonreí disimuladamente mientras pegaba otro mordisco a la tostada. Brenda se estaba esforzando mucho por ocultar su enfado. Se había pasado las dos últimas semanas hablándome de las ganas que tenía de ir, esperando deseosa que los días que libraba le cuadrasen.
— Deberían despedir al hombre del tiempo, ¿eh?—insinué con tono malicioso.
— Deberían condenarlo a cadena perpetua—explotó al fin—O matarlo. Equivocarse con la predicción del tiempo es un crimen imperdonable.
— Tienes toda la razón, ese hombre merece un buen castigo.
— ¡Dios!—exclamó, levantándose de un salto— ¡Con las ganas que tenía de estrenar mi bikini! ¡Es increíble, con el buen tiempo que ha hecho toda la semana! Parece que lo hacen adrede.
— Sí, Brenda. ¿Nadie te lo ha dicho? Es un complot del gobierno, están conspirando para que no puedas estrenar tu bikini este año—reí.
— No te burles de mí—rebatió indignada—esto es una catástrofe. Ese bikini me costó mucho dinero, y es precioso. Lo que pasa es que cuando lo estrene, los chicos de los alrededores sólo tendrán ojos para mí. ¡Las mujeres! ¡Ellas son las conspiradoras!
Estallé en carcajadas. Sin lugar a dudas, había sido un duro golpe para Brenda el cambio de planes. Me levanté de la silla y cogí el bolso, aún con la sonrisa en la boca.
— Vamos, no te deprimas. El verano acaba de empezar, ya lo estrenarás—intenté animarla—De todos modos, el día no está perdido sólo porque no haga bueno. Aún podemos pasarlo bien.
— Ni hablar—rebatió clavándome la mirada—Yo no pienso salir de casa. Me quedaré aquí, disfrutando de mi día libre con unas palomitas y varias películas malas. Eso es lo que pienso hacer hoy.
Resoplé y dejé caer los brazos a mis costados.
— Está bien. No te voy a insistir. Si no quieres venir a tomar un café, quédate en casa.
Como respuesta, Brenda elevó una ceja interesante y metió un paquete de palomitas en el microondas.
Salí de casa, algo decepcionada, cerrando con cuidado aquella puerta vieja y destartalada. Debía de tener al menos cien años.
El piso en el que vivíamos alquiladas era más viejo que Matusalén, y debíamos tener especial cuidado, por orden expresa de la casera, con los golpes y cosas así, ya que, por lo visto, en esa casa, a excepción de los colchones y algunos electrodomésticos, todo se remontaba dos siglos atrás.
Bajé con cuidado las escaleras de madera chirriante y salí al exterior. El tiempo era tal y como lo había esperado; húmedo, frío, con un viento aullante recorriendo las calles… Justo cuando creí que había pasado al fin el invierno, aquí estaba de nuevo, en pleno mes de Julio.
Estreché el chaquetón blanco en torno a mi cuerpo y comencé a caminar por el pavimento mojado con pasos presurosos. No había ni un alma por la calle, como si el mal tiempo los obligase a quedarse en casa, como Brenda. En fin, ellos se lo perdían.
Y lo cierto es que era desolador ver la calle tan vacía. Todos los coches aguardaban estacionados junto a las aceras, y el viento arrastraba con parsimonia algunos papeles y plásticos por la calle con desgana. Daba la impresión de que había llegado el mismo Apocalipsis. Claro que, la gente era así. Los domingos, y con más razón si hacía mal tiempo, preferían quedarse en casa, acurrucados en el sillón con una gran manta de lana sobre las piernas mientras veían las películas malas que echaban por la tele.
Una gota impactó justo sobre mi frente y alcé la vista frunciendo las cejas. Oh, no. Del cielo completamente encapotado sobre mi cabeza surgieron varios rugidos estridentes y ahora las gotas heladas de lluvia caían sin compasión sobre mí.
Y mi paraguas en casa.
Bueno, cuatro gotas no matan a nadie.
Como si me hubiese leído la mente, la lluvia se intensificó, el viento con ella, y el frío en consecuencia. En cuestión de pocos segundos, mi melena chorreaba agua y me di cuenta de que el abrigo pesaba más. En un intento estúpido por detener aquella lluvia repentina, sujeté el pequeño bolso sobre mi cabeza y comencé a correr hacia la cafetería. No quedaba lejos, estaba a la vuelta de la siguiente esquina. Con un poco de suerte llegaría antes de notar dos pozas dentro de las botas.
Corrí más rápido, aprovechando que no había nadie para verme hacer el ridículo, con una mano sobre la cabeza y la otra moviéndose rápidamente hacia delante y hacia atrás.
Tomé la esquina del edificio a toda velocidad y para cuando me quise dar cuenta, ya lo tenía encima. Mis ojos se cerraron como acto reflejo y del golpe perdí el equilibrio y caí al suelo.
Me llevé una mano a la frente, confundida. Elevé la mirada a través de la constante lluvia y observé con cautela al hombre con el que me acababa de chocar. Entonces vi que en el suelo se habían desparramado un montón de papeles, mojándose.
— Oh, madre mía, lo siento—me disculpé al instante, mientras me incorporaba y recogía los papeles antes de que se mojasen más.
Él se agachó a mi lado.
— No pasa nada, ha sido culpa mía.
Le entregué los papeles con cuidado y él los guardó en una carpeta negra. Ambos soltamos un suspiro al mismo tiempo, y nos aproximamos a la pared para evitar mojarnos más.
Le lancé una mirada culpable a hurtadillas.
— Lo siento mucho, de verdad. Espero que alguno de esos papeles se haya salvado.
Él sonrió con inocencia, y me miró mientras se cruzaba de brazos, colocando la carpeta en el regazo.
— Tranquila, no ponía nada especialmente importante.
Aunque ya había terminado de hablar, fui incapaz de apartar la mirada de él durante un rato.
Era un hombre no muy alto, de metro setenta y cinco, más o menos, su pelo negro brillaba con intensidad de lo mojado que estaba, y goteaba por las puntas. El corte me recordó a la nueva moda que había salido entre los rockeros, llamada emo, o algo así, que, básicamente se trataba de llevar el flequillo especialmente largo para que cubriese parte del rostro o completo. Sin embargo, a él no le cubría demasiado la cara, quizás porque estaba muy mojado y se lo había apartado para que no le molestase.
Y realmente era un hombre guapo. Aparentaba tener unos veintidós o veintitrés años, su piel parecía tersa, y daba la impresión de ser suave. Tenía una nariz pequeña y algo respingona en la punta, de la que goteaba el agua pausadamente. Y sus ojos. Vaya ojos tenía. Incluso ahora, que los mantenía medio cerrados a fin de protegerlos de la lluvia, pude ver el color que desprendían. Nunca antes había visto un azul tan intenso y eléctrico como aquel. Eran unos ojos impactantes y exóticos. Además, su color se intensificaba al verse flanqueados por aquellas cejas tan profundas y negras. Sus labios, ahora curvados en una ligera sonrisa, eran suaves y definidos. Llevaba un chaquetón largo y negro sobre el cuerpo, tan empapado como el mío, que le llegaba casi hasta las rodillas y dejaba adivinar la musculatura de su espalda.
Cuando mi mirada regresó de nuevo a sus ojos, se entrecruzó con la suya. Desvié rápidamente la mía, consciente de lo poco apropiado que resultaba observar a alguien con tanto descaro, y me sonrojé al tiempo que una sonrisa inconsciente surgía en mis labios.
— Lo siento, es que no te había visto por aquí antes y… bueno, como esto es un pueblo, siempre se ven las mismas caras…— “estúpida, es la excusa más absurda que has dicho en tu vida”,  pensé para mis adentros.
Él sonrió, a pesar de lo tonta que había sonado mi disculpa, y rió brevemente.
— Lo cierto es que acabo de llegar de la ciudad.
— Pues siento mucho la bienvenida que te he dado, te aseguro que el resto del pueblo te dará mejor impresión que yo—sonreí abochornada.
— No sabría que decirte—comentó elevando una ceja y mirándome de reojo—la forma en que te has presentado tú es difícil de superar. Soy Jared—añadió mientras ofrecía una mano, envuelta en un guante negro de cuero, esperando que se la estrechase.
— Yo soy Irish, encantada.
Nos estrechamos la mano y nos sonreímos mutuamente, mientras el tiempo a nuestro alrededor empeoraba. Miré varias veces de reojo a aquel extraño, que observaba la lluvia caer sin demasiada prisa.
— Has elegido un mal día para visitar el pueblo—comenté—por lo general, en verano hace buen tiempo.
— Viajo mucho, y suelo toparme con días como este. Ya estoy más que acostumbrado.
— ¿Habías estado aquí antes?—pregunté mientras me estrujaba el pelo para escurrirlo.
— No, es la primera vez que vengo. Me han hablado muy bien de este sitio y me apetecía conocerlo—de improviso, sus ojos se clavaron en los míos mientras una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios— ¿Serás mi guía turística?
Le mantuve la mirada durante un instante y sus ojos se estrecharon. Yo sonreí también, ante la simple idea de verme a mí misma guiando a una persona de la ciudad por el pueblo. Pocas situaciones se me antojaban más embarazosas. En un pueblo nunca hay nada que enseñar, se ve y punto.
Pero claro, tampoco iba a decirle que no.
— Claro, yo puedo enseñártelo—asentí—Pero para verlo así…
Desvié la mirada a mi alrededor. La calle estaba completamente desierta, bombardeada por la ingente cantidad de agua que caía del cielo, como si se tratase de una enorme ducha de agua fría. Desde luego, si el pueblo ya era simple de por sí en sus días buenos, verlo en un día como hoy no decía nada bueno a su favor.
— ¿Vas a quedarte mucho por aquí?
— Aún no lo he decidido—comentó pensativo—El tiempo lo dirá. Si estoy a gusto aquí, no hay necesidad de marcharse antes de tiempo.
— Entonces quizá pueda enseñarte el pueblo cuando deje de llover así—suspiré aliviada. 
— Eso me encantaría—corroboró, mientras sus ojos me traspasaban— ¿Te gustaría tomar un café conmigo? Así podríamos secarnos antes de pillar un constipado.
Pestañeé varias veces antes de contestar. Sobra decir que yo no era una mujer muy  acostumbrada a los ligues y cosas así, aún menos en estas condiciones. En realidad, sólo había tenido novio una vez, y había sido hacía tanto tiempo que a penas recordaba el modo en que me propuso salir. Supongo que los hombres nunca fueron lo que más me preocupaba en el mundo, a diferencia de Brenda. Ella sí que era una entendida en el asunto. Cada semana aparecía en casa, anunciando que iba a salir con un chico diferente al de la semana anterior. En cierto modo, envidiaba la naturalidad con la que Brenda se desenvolvía con los hombres. A mí se me antojaba imposible. A ver, tenía relaciones con hombres, desde luego, pero eran compañeros de trabajo, amigos, o camareros de los bares que frecuentaba. Nunca los había visto con ojos de corderito degollado, como hacía Brenda, ni ellos se me habían insinuado tampoco. Claro que, con Brenda a mi lado, era difícil que alguien se fijase en mí. Nunca se me habría ocurrido intentar ligar con ellos, de todos modos. Y aunque se me hubiese ocurrido, tampoco habría sabido cómo hacerlo.
Claro que, no era seguro que Jared quisiese ligar conmigo, sólo por ofrecerme  tomar un café. Era algo inocente. A fin de cuentas, acabábamos de conocernos…
Finalmente, mis cejas se fruncieron ante aquellos pensamientos.
— ¿Te ocurre algo?—preguntó Jared, percatándose de mi más que evidente trastorno mental.
— No, no—me apresuré a contestar—Es sólo que… estaba pensando… en algo. Claro que me gustaría tomar un café contigo.
Jared sonrió con picardía.
— Tú dirás dónde. Yo a penas conozco dos calles.
— Claro, claro—corroboré sonriendo—Aquí, pasando la esquina, hay un bar al que voy mucho. Ven.
Me adelanté a él y caminé hacia la entrada del bar, pegada a la pared para evitar mojarme más. Al final, la puerta acristalada del bar se dejó ver, y la abrí esperando que Jared me alcanzase.
Aquel era uno de mis bares preferidos, tenía un ambiente tranquilo y lo frecuentaba poca gente. Además de que siempre tenía buena temperatura.
La barra estaba situada al fondo del local, y el resto del establecimiento estaba lleno de mesas bien distribuidas, sin que llegase a ser agobiante. Las paredes estaban pintadas en un tono marfil, decoradas también con alguna que otra fotografía enmarcada de los dueños del local y algunos camareros, y una suave moqueta de color granate claro cubría el suelo, dándole un toque hogareño al establecimiento. La iluminación no era exagerada, como en muchos bares en los que colocaban cientos y cientos de fluorescentes por todas partes, cegando a la gente cada vez que alzaba la mirada. No, aquí había unos cuantos apliques colocados en las paredes, amortiguando la luz cegadora de las bombillas.
Me gustaba pensar en ese bar como un lugar íntimo, ya fuese para pasar la tarde con los amigos o tomar un café con tranquilidad mientras lees el periódico sin que nadie te moleste, si no lo deseas.
Miré a Jared. Se había detenido junto a la puerta, observando el local con detenimiento, como si se tratase de un museo o algo así.
Sonreí. Parecía que le gustaba. Me quité el chaquetón blanco y lo colgué en las perchas que había tras la puerta, esperando que se secase cuanto antes. Jared me imitó, y colocó su abrigo junto al mío.
Me mordí un labio. Desde luego, si su chaqueta había insinuado la musculatura de su espalda, se había quedado bastante corta. No es que fuese especialmente musculoso, pero tenía la espalda ancha, y parecía que también algo de bíceps. Y la ropa que llevaba le quedaba estupendamente, un suéter algo ajustado y negro brillante, con el cuello alto, y unos pantalones vaqueros negros. Le quedaba como un guante.
Le sugerí que se fuese sentando en una de las mesas mientras yo pedía dos cafés, y él asintió. Observé embelesada su lento caminar mientras bordeaba las mesas con agilidad… hasta que, ante mi mirada atónita, se colocó en la mesa más apartada, encajonada entre la pared y una viga maestra.
La mesa escondida.
Tardé un rato en asimilarlo. Así a primera vista, era bastante extraño que hubiese elegido la mesa más apartada de todo el local, sobretodo cuando la mayoría de las mesas estaban vacías.
Me encogí de hombros. Quizás no tenía ganas de que nadie le molestase, o buscaba intimidad…
De súbito, mi ceño se frunció. Intimidad. ¿Intimidad para qué? ¿Y si estaba intentando ligar conmigo, y yo ni siquiera me daba cuenta? Abrí los ojos al tope de pronto. ¿Y si le estaba persiguiendo la policía, y se estaba escondiendo? Hasta podría haberse escapado de la cárcel…
Reprimí las ganas de pegarme un tortazo allí mismo por paranoica, y me acerqué hasta la barra. Pedí los cafés y le dije a la camarera que estaríamos sentados en la mesa escondida, a lo que ella respondió con una sonora carcajada.
Me acerqué taconeando hasta la mesa escondida y tomé asiento frente a Jared. Él me miró con atención durante un instante, mientras una sonrisa asomaba en sus labios. Sus codos reposaban sobre la mesa, y mantenía las manos entrelazadas frente a su rostro. ¿Por qué me miraba de ese modo?
— Bueno, los cafés están en marcha—anuncié mientras me sentaba— ¿Te gusta el bar?
— No está mal. He visto tantos ya, que a penas me sorprende—murmuró mientras sus ojos bailaban de un lado a otro del techo. Luego, se pararon en mí—Al menos no estamos a la intemperie, ¿no?
Asentí con la cabeza, sin dejar de mirarle con cierto rencor. La verdad es que me dolió aquella forma con la que menospreció el bar. ¡Era el mejor bar del pueblo! Y apostaría a que también de la ciudad. ¿A qué venían esos aires de prepotente? Por amor de Dios, ¡si acababa de compararlo con una tienda de campaña!
— Perdona—susurró, como dándose cuenta de que había sido demasiado borde. —He pasado muchas horas conduciendo, estoy cansado y lo estoy pagando contigo.
Sonreí mirando a la mesa.
— No, no, tranquilo. Ya sé que esto no se parece mucho a la ciudad. Es verdad que es un bar bastante normalito…
— Es acogedor—apuntó—y apuesto a que los cafés son de primera.
Elevé la mirada de la mesa. Estaba sonriéndome al tiempo que una ceja se le elevaba con suavidad. Dios. Qué guapo era.
Entonces llegó la camarera con los cafés, y los dejó en la mesa frente a nosotros. 
Ambos pegamos un buen sorbo al café, aprovechando que aún humeaba. Cerré los ojos para disfrutar plenamente de ese momento. El café caliente me pasó por la garganta y al fin llegó hasta el estómago. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, mientras volvía a entrar en calor.
— Sí—comentó Jared—es un café estupendo.
— Que vivamos en un lugar pequeño, no quiere decir que malvivamos.
— Jamás he pensado algo así—se defendió—En realidad, prefiero los pueblos a las ciudades, están menos ahogados de gente.
— Eso dicen—susurré—Bueno, ¿y a qué te dedicas?
Jared pegó otro sorbo a su café con aire distraído, mientras sus ojos relucían con tenuidad.
— Trabajo en una empresa de reconocimiento—dijo con tono automático.
Fruncí el ceño levemente, sin comprender del todo lo que quería decir con eso.
— ¿De reconocimiento?—repetí— ¿Qué reconocéis?
Jared cogió aire con fuerza. No parecía demasiado contento con ese tema, y me pregunté si no habría metido la pata al sacarlo. Genial, yo y mis meteduras de pata marcábamos otro tanto.
— Edificios antiguos, ya sabes, por su valor histórico, cosas así.
— ¡Oh!—exclamé al fin—ya entiendo. ¿Por eso estás aquí?
Al fin, en sus labios apareció una sonrisa mientras sus ojos me traspasaban.
— Sí, eso es. Tengo que catalogar algunos de los edificios que hay por aquí.
— Suena deprimente—susurré—todo el día callejeando y mirando edificios viejos.
Él estiró ligeramente los brazos mientras soltaba una carcajada.
— No te haces una idea—me aseguró—pero pagan bien. Y de algo hay que vivir. Ojalá mis padres me hubiesen dejado algo que no fuesen deudas.
— Dímelo a mí—corroboré sonriendo—ya me gustaría no tener que trabajar.
— ¿Tus padres también han muerto?
La sonrisa se borró de mi rostro, y del suyo. Puf, mis padres. No me gustaba mucho tocar ese tema, y aún menos con un desconocido.
— No, a ellos nunca les conocí. Fui adoptada de muy pequeña, y sólo recuerdo a mis padres adoptivos, que me echaron de casa cuando cumplí la mayoría de edad, con una mano delante y la otra detrás.
— Lo siento, no debí haber preguntado. Supongo que es duro para ti recordar algo así.
— Tranquilo, ya han pasado muchos años. Además, se veía venir. Era algo así como un secreto a voces. Siempre he creído que ellos pensaban que los bebés no crecen nunca.
— Sí, hay mucha gente sin corazón en este mundo—corroboró.
— De todas formas, me lo he montado bien. Ahora tengo trabajo, un techo… no me ha ido mal.
— Viendo siempre el vaso medio lleno, ¿no es así?—bromeó.
— ¿A caso hay otra forma de verlo?
Sonrió con serenidad mientras entrelazaba sus dedos sobre la mesa. Seguía mirándome con detenimiento, con aquellos ojos tan arrebatadores que tenía.
— Me gusta que pienses así. No dejar nunca que la oscuridad te atrape.
Le sonreí distraída durante unos segundos. Me estaba empezando a poner nerviosa. ¿Por qué me miraba de aquel modo? Desvié con rapidez la mirada a la mesa, antes de que mi rubor fuese demasiado visible.
— Bueno y, ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?—pregunté.
Jared se apoyó completamente en el respaldo de su silla y se cruzó de brazos con aire despreocupado.
— No suelo tener mucho tiempo libre—se encogió de hombros—pero me gusta escribir, cuando puedo.
Abrí los ojos, sorprendida.
— ¿De veras? ¿Escribes libros?
Él torció la boca en un gesto de modestia mientras sus ojos seguían torturándome.
— Algún libro que otro he terminado, pero por lo general no son gran cosa.
— ¡Venga ya!—exclamé, claramente emocionada— ¡A mí me encanta leer! ¿Eres un escritor de renombre? Quizá haya leído algo tuyo.
— Lo dudo mucho—contradijo él sonriendo— Nunca he publicado nada.
Mi mandíbula flojeó durante un instante, casi sin dar crédito. Yo jamás había sido capaz de escribir dos líneas seguidas en toda mi vida, pero de haber podido escribir un libro, sin ninguna duda lo habría intentado publicar.
— ¿En serio?—dije yo, completamente seria— ¿Por qué?
Jared volvió a encogerse de hombros mientras sus cejas se alzaban.
— No lo sé. Supongo que nunca me ha importado demasiado la opinión de los demás sobre lo que escribo.
Le dediqué una mirada de reojo. Respetaba su elección, desde luego, pero en mi cabeza comenzaban a asaltar las dudas. ¿Y si lo que escribía era realmente bueno? ¿Por qué no intentar publicarlo, por qué mantener a la gente en la ignorancia? A mí, que me encantaba leer por las noches antes de acostarme, me resultaba un desperdicio de talento.
— Bueno…—dudé con una sonrisa inocentona en la boca—quizás algún día puedas dejarme algo para leerlo.
Jared disimuló una risita que ronroneó en su pecho, mientras sus ojos relucían en mi dirección.
— Tal vez—concedió con tono oscuro—pero tiene una condición.
Se inclinó ligeramente sobre la mesa, acercándose a mí. Elevé una ceja, con curiosidad, mientras le imitaba hasta que quedamos separados por unos cuantos centímetros. Su sonrisa se amplió, y sus ojos brillaron de tal modo que creí que iba a caer dentro de ellos.
— Debes leerlo únicamente durante el día—susurró siniestro—Bajo ningún concepto lo leas por la noche.
Una sonrisa inconsciente surgió en mi rostro, al tiempo que me incorporaba.
— ¿Es una historia de miedo, o algo así?—bromeé— ¿Temes que no logre conciliar el sueño?
Él se incorporó también, y me observó con detenimiento a través de sus cejas negras.
— Eso es. Una historia de miedo.
De pronto, sonó un pitido agudo algo amortiguado. Jared se movió con rapidez, y extrajo de su bolsillo un móvil. Observó con atención la pantalla brillante y después lo depositó sobre la mesa, mientras me miraba.
— Me temo que tengo que marcharme ya. Acaba de llegar el camión de la mudanza con los muebles y tengo que atenderlos.
— ¿Has alquilado un piso en el pueblo?—inquirí esperanzada.
— Sí, a un par de calles de aquí—me guiñó un ojo—ya te dije que pensaba quedarme un tiempo.
Jared se puso serio de pronto, mientras parecía pensar algo. Sus dedos comenzaron a enredar con su cabello negro, haciéndolo girar formando rizos, pero sus exquisitos ojos seguían puestos sobre mí con aire misterioso. Mientras el silencio se acomodaba a sus anchas a nuestro alrededor, comprendí que estaba en mitad de una de esas situaciones violentas, en las que nunca sabes muy bien cómo actuar. Por suerte, Jared fue más rápido, y tomó la iniciativa.
— En fin, ha sido un placer conocerte—extendió una mano hacia mí y se la estreché con torpeza mientras le sonreía—Espero que volvamos a vernos.
— Igualmente—contesté.
Se levantó de la silla con agilidad y con una última sonrisa, recogió sus papeles. Antes de que me diese cuenta, ya había desaparecido por la puerta del bar.
Suspiré. Estas cosas eran fáciles para la mayoría de la gente. Hablar con desconocidos, me refiero, conocer gente y todo eso. ¿Por qué a mí se me antojaba tan complicado?
Maldita sea. Ni siquiera habíamos intercambiado móviles, o direcciones. Me mordí un labio con tenacidad. ¿Cómo no había caído en eso antes?
Y ahora, recordando la conversación, me daba cuenta de que quizá él no estuviese interesado en volver a verme. Quizás pensaba que yo no estaba demasiado bien de la cabeza. Claro que, probablemente tenía razón. Cuando hablaba con desconocidos por primera vez, mi comportamiento no solía ser demasiado normal, que digamos.
Negué lentamente con la cabeza mientras me levantaba de la silla, que emitió un sonoro chirrido, intentando convencerme a mí misma de que él se lo perdía.
Bah. ¿Y a quién le importaba, si no le había caído bien al chico de ciudad? Yo le gustaba a mucha más gente.
Y sin embargo, no podía quitármelo de la cabeza.
Lo más probable era que se le hubiese olvidado, acababan de llamarle al móvil, tendría otras cosas en las que pensar.
Lentamente, rehice el camino a casa. Había dejado de llover, pero el ambiente era húmedo y frío para ser verano. Las calles seguían desiertas, a penas un par de ancianas paseaban juntas bajo un paraguas, hablando a gritos entre ellas.
Subí las escaleras y entré en el piso, cerrando con fuerza. Al menos en casa hacía calor. Brenda debía haber encendido la calefacción. Me quité el abrigo y lo colgué del perchero con parsimonia.
Encontré a Brenda tumbada en el sofá de dos plazas, con una manta verde enroscada. Estaba mirando fijamente la tele, en la que estaban emitiendo una peli mala de fin de semana, aunque no parecía prestarle demasiada atención.
— Hola—saludé, algo desganada.
— ¿Qué tal tu trepidante aventura a través del frío paraje del pueblo?—contestó ella, irónica.
Entrecerré los ojos mientras frotaba una mano contra la otra para entrar en calor.
— De maravilla—contesté, igual de irónica—Mucho mejor que tu día de pelis cutres y patatas fritas, en todo caso.
Brenda rió entre dientes y masculló algo así como “más te gustaría”. Fruncí los labios ante su indiferencia.
— Pues, para que lo sepas, he conocido a un chico. Y es guapísimo.
Taconeando con fuerza pasé por delante de ella y me encerré en mi cuarto para cambiarme. Mientras me desvestía, noté que mi provocación estaba dando sus frutos. El ambiente en el salón había cambiado, y al fin, los pasos sonoros de Brenda llegaron hasta la puerta de mi cuarto. Entró sin llamar, como siempre.
— ¿Qué es eso de que has conocido a un chico? ¿Me tomas el pelo?
— No—contesté mientras me colocaba el pantalón suave del pijama.
— Espera un momento—sospechó ella— ¿a qué clase de chico vas a encontrar aquí? Ya conocemos a los cuatro memos que viven en este pueblo, y no recuerdo que ninguno de ellos sea guapo.
— Es que acaba de mudarse. Es de la ciudad.
La boca de Brenda se abrió de par en par y sus brazos colgaron inertes a los lados de su cuerpo.
— Así que es en serio—concluyó— ¿Cómo le has conocido? ¿Cómo se llama? ¡Cómo es!
— Se llama Jared, es moreno y alto, y tiene los ojos azules—contesté yo, dándole a Brenda la suficiente coba para que estuviese dándome la lata el resto del año—Nos encontramos por casualidad, chocamos y fuimos a tomar un café.
Brenda negó lentamente con la cabeza, reprochándome.
— Sólo tú serías capaz de chocarte en mitad de una calle vacía con un chico y conseguir que te invite a tomar un café.
La sonreí con ironía mientras me colocaba la camiseta.
— Es un don que tengo.
— Sí, ¡claro!—rebatió ella, agitando los brazos— ¡y estropearlo después! ¿Cómo se te ocurre conocer a un chico sin mí?—me reprochó.
— No quisiste venir, no es culpa mía.
Brenda cogió aire con fuerza y se sentó en la cama, a mi lado. Claro que, yo ya sabía lo que iba a decirme.
— No tienes remedio. Seguro que le habrás asustado, como haces siempre.
Al instante me levanté de la cama y me encaré con ella, ofendida.
— Oye, yo no asusto a los chicos.
— ¿Ah, no? ¿Y el año pasado, cuando te presenté a aquél musculitos en la feria?
Entrecerré los ojos durante un instante. Sabía que volvería a echarme eso en cara. ¿Es que no se le iba a olvidar nunca?
— Brenda, no fue culpa mía, ese tío no tenía cerebro. ¡Lo de los anabolizantes fue una broma, sólo eso! ¡No estaba insinuando nada!
— Pues él  se lo creyó, Irish. ¡Estaba convencido de que si los seguía tomando le explotarían los músculos! ¿Sabes cómo está ahora?
— Sí, lo sé—le concedí aburrida—ahora es un flacucho sin músculos que juega al billar en los bares.
Brenda entrecerró los ojos y me fulminó con la mirada.
— Exacto—confirmó siniestramente—Irish, era un bombazo de tío, podía levantarme con una sola mano.
— Pues qué quieres que te diga—concluí, poniendo ambas manos en la cintura—no le vino nada mal dejar los anabolizantes, no le hacían ningún bien. Y menos con lo memo que era. Puede que le haya salvado la vida.
— Es igual, no se trata de él—volvió a reconducir la conversación— ¿No habrás hecho alguna broma de esas raras con el chico de hoy, verdad?
Resoplé y salí de la habitación. Brenda iba detrás de mí, revoloteando de placer en su burbuja de regañar.
— Sólo hemos hablado de cosas normales, te lo prometo—insistí—de dónde venimos, a dónde vamos… cosas de esas.
Llegué a la cocina y abrí la nevera, inclinándome para ver dentro.
— Oh, Dios mío, ¡no le habrás aburrido con una charla filosófica de esas que te gustan tanto!
Tras coger una manzana y un pedazo de pastel, cerré el frigorífico y me encaré con ella.
— ¿Por qué le das tanta importancia? Sólo es un chico más, como otro cualquiera. No entiendo a qué viene tanto interés.
— ¡Le doy importancia porque hace siglos que no sales con nadie, y si sigues así, no espabilarás!
— Tampoco hace tanto tiempo—susurré.
Me senté en el sofá y pegué un mordisco a la manzana. Brenda se posó de un salto a mi lado.
— Sí que hace tanto tiempo—contradijo— ¿Cuánto tiempo crees que ha pasado desde lo de Ryan?
Alcé la vista al techo, pensativa.
Y, efectivamente, desde eso habían pasado al menos dos años. No me había parado a pensarlo.
Ryan había sido mi novio durante seis meses, lo conocí en el instituto, y cuando nuestros caminos se separaron, la relación no funcionó. Aunque la verdad era que nunca había funcionado del todo bien. Yo hacía la vista gorda de vez en cuando con sus líos y todo eso, porque era más que evidente el poco respeto que me tenía. Pero le quería, y hacía como que no me enteraba de nada. Eso era mejor que tener una discusión estúpida sobre algo que no iba a cambiar. Al final, hacerme la loca no compensaba, y lo dejamos.
— ¿Lo ves?—concluyó triunfal Brenda, al ver mi expresión— Vale que Ryan era un cerdo, y no es que fuese un lumbreras, pero ha sido el único novio que has tenido. Y desde que rompisteis, no has vuelto a quedar con nadie.
— Tienes razón. Supongo que con él tuve suficiente—comenté, pegando otro mordisco a la manzana.
— Sí, claro—se burló Brenda—No sé cómo puedes llevarlo con tanta calma. ¡Yo me volvería loca en cuestión de días!
— Estoy bien como estoy, Brenda, yo no necesito tener a un tío a la puerta de mi casa para ser feliz.
— Qué rara eres—concluyó—Pero, si vuelves a verle, ¿me lo presentarás, no?
Reprimí una sonrisa.
— Cómo no.

7 feb. 2013

Introspección





El mundo cambia a mi alrededor, inexorable e impasible, y sólo soy consciente de ello cuando parece haberse detenido en un fugaz instante, un segundo efímero en el que mi mente comprende que nada dura para siempre y mi propia identidad se transforma en una extraña compañera a la que a penas consigo reconocer. 

No he sido consciente del transcurso de los años, ni de lo que el futuro requería de mí, mis objetivos estuvieron sustentados por nubes vaporosas que ocultaban la realidad de mis ojos. Ahora comprendo que caí en la más evidente de las trampas sociales al creer que tenía libertad de elección, al pensar que luchar por un sueño  era algo digno, al contemplar mi propio futuro con ojos esperanzados, sintiéndome capaz de concebir ese sueño como real. Ahora que el suelo se precipita con rapidez hacia mi rostro envuelto en las lágrimas de la cruel realidad, comprendo que sólo he soñado un sueño que quise contemplar como auténtico y posible. 

Las ilusiones se desvanecen a medida que el tiempo transcurre, y sólo lo auténtico permanece frente a mis ojos, acusándome por el tiempo que perdí tratando de llevar una vida platónica e ilusa. La incógnita crece por momentos, y en este instante ya no sé quién soy, ni lo que se espera de mí. ¿Acaso me cegué con la creencia de que había algo único e inimitable en mi interior? ¿Algo que me haría especial y completa, sin importar la vida que quisiese llevar?

Alguien dijo una vez que es en el límite donde cambiamos, donde cuestionamos nuestra forma de vida, nuestros pensamientos, nuestra naturaleza y todo lo que creímos afianzado y duradero, de pronto aparece ante nosotros con un nuevo enfoque, completamente distinto, y no siempre mejor.

 Los cambios ocurren, eso es innegable. Somos títeres de los pensamientos aleatorios que confunden nuestra mente, nuestros principios, a nosotros mismos. No importa cuántas veces juré y perjuré, al final nada de eso permaneció inamovible, y ahora, confusa y extrañada, observo de reojo lo que antes creí ser, comprendiendo vagamente el devenir de mi propia esencia, que ahora lucha por proyectarse de un modo diferente y nuevo. 

El miedo casi consigue paralizarme, me nubla el juicio y ya a penas puedo distinguir qué es correcto y qué no, lo que está bien y lo que está mal. A pesar de todo, el mismo pensamiento martillea con fuerza mi cerebro, incansable y atronador, parece haber surgido de la nada y de mi confusión se alimenta. Libertad, me grita en silencio. Libertad. Lucha con todas sus fuerzas para convencerme de que hay cientos de cosas por ver, por conocer, por sentir. Desgraciadamente, no todas ellas son buenas, y soy consciente de ello. 

Pero, en un resquicio de mi mente, aún resuenan antiguas palabras, viejos pensamientos eclipsados por esta nueva sensación de urgente libertad. Los pensamientos de la estabilidad y la seguridad de lo conocido, la conocida esperanza por triunfar, por el simple hecho de ser especial de algún modo mágico y natural. Ambas caras de la moneda colisionan, y la guerra parece acrecentarse a medida que el tiempo transcurre, y yo sigo sin ser capaz de ver, a través de la densa neblina, cuál de los dos caminos escoger.

Existe un nexo entre ambos, el momento actual, que me brinda la posibilidad de seguir avanzando por el camino recto, previsible y seguro, cuyo final puede entreverse a través del espacio, o por el contrario, tomar el segundo sendero, zigzagueante e incierto, cuya desembocadura oscura es imposible de prever. 

No puedo dejar de oír aquel susurro en mi mente, que me habla en silencio, a través del ruido de mis propios pensamientos, incitándome sin descanso a tomar la libertad y seguir un camino oscuro y frío, donde las penas se salpican por todas partes, compaginadas en menor medida por alegrías efímeras. A pesar de todo, siento que ese es el camino que debo escoger, tener como mejor amiga a la espontaneidad y la sorpresa, trazar mi propio rumbo a través de la densa niebla y conseguir así comprender quién soy yo y cual es mi cometido en esta vida, sin importar el tiempo que pueda llevarme descubrirme a mí misma. 

Si hay algo cierto, y espero que lo sea, es que es preferible arrepentirse de los errores cometidos y aprender de ellos, que arrepentirse de aquellos que se quedaron por cometer.