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15 oct. 2012

Divagaciones

El tiempo. Enemigo natural de la vida, inquebrantable e imparcial. Transcurre sin detenerse, igual para todos. Causante de vejez y muerte, intransigente conductor al olvido. Muchos somos los que soñamos con algo más allá de la limitación temporal, los que deseamos que nuestro reloj se detenga en un momento preciso y se mantenga impertérrito durante el resto de la eternidad., convirtiéndonos de este modo, en inmortales.

La fuente de la eterna juventud, los vampiros, las manzanas doradas, los dioses. El deseo de no perecer está claramente marcado en la historia de la humanidad, la ansiedad por no desaparecer. El cielo, el mundo espiritual, la reencarnación, el valhala. ¿Y quién no querría vivir para siempre? Por que si hay algo que realmente tememos no es a la muerte, si no a desaparecer.

El único propósito de nuestra vida es encontrar nuestro auténtico yo, aquel que nos hace únicos e inimitables, sólo nosotros, sin alteraciones externas. Pocos consiguen encontrarlo, y la mayoría dedican su vida entera a buscarlo. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es lo que nos define? ¿Nuestros actos? ¿Los modales, la apariencia física, el carácter? ¿Nuestro color de piel, los ideales?

¿Y por qué definirnos, limitando nuestro propio espacio, con palabras que sólo consiguen encerrarnos en un espacio delimitado, aislándonos de otros corrales diferentes? ¿Es eso lo que realmente somos? Limitamos nuestra propia existencia, le ponemos barreras y nombres para explicar cómo somos... aunque no siempre seamos así.

Cada uno de nosotros somos un ser único, dejando atrás las limitaciones de las etiquetas que se nos adjudican nada más nacer, empezando por el nombre, nuestra propia complexión física, la economía familiar, y así hasta el infinito. Todo está preestablecido para nosotros, mucho antes de que hubiésemos pisado este mundo, y muchos de nosotros viviremos con esas etiquetas toda nuestra vida, pues la educación que nos dieron siempre será crucial en nuestra vida, seamos conscientes de ello, o no, y el único modo que tenemos de averiguar nuestra propia identidad es dejando al margen todo cuanto sabemos, todo cuanto nos enseñaron, olvidar el lugar del que venimos e incluso al que vamos, dejar la mente en blanco y comprender, que lo único que importa al final, es vivir.

Os diré algo; yo soy sólo yo, al igual que todos. Creo en todo, y no creo en nada. Camino y vuelo a la vez, mi mundo es el vuestro, y a ninguno nos pertenece. No tengo dinero, pero soy rica, y me gusta el sol aunque ame la lluvia. Escucho y hablo al mismo tiempo, me muevo sin moverme, y mi nombre es viento. Escribo lo que siento, pero no lo que pienso. Creo mundos de la nada, y destruyo mis limitaciones. Mi yo es el yo eterno, aquel que vivirá por siempre...

Hasta que me muera.

1 comentario:

Alberto Díaz Tormo dijo...

Tía... Me dejas todo loco :D
Discrepo en algunas cosas de las que dices, pero admiro tus divagaciones.