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24 sept. 2012

Loki

LOKI, DIOS DE LA SUERTE




En Ásgard siempre se oía la misma cantinela: ¡Loki! ¡Oh, Loki, necesito de tu ayuda!

Sí, mi ayuda. Cuando les conviene, soy su mejor aliado, pero, ¿quién se preocupa por lo que Loki necesita? ¿Quién está ahí cuando grita, desgarrado por el dolor tras sufrir una emboscada?

Sin ir más lejos, cuando esos malditos enanos me cosieron la boca. ¿Me lo merecía? Puede. ¿Debí sufrirlo, de todos modos? Rotundamente, no. Pero a nadie en Ásgard le importó que llegase con los labios sangrantes una bonita mañana de primavera. Se burlaron de mí. ¡Incluso Odín me obsequió con unos cuantos chistes malos mientras Thor (Oh, Thor, poderoso dios de los truenos, cuya delicadeza es sólo comparable a su sabiduría) blandía su enorme martillo, mandando un chispazo directo a mi cara!

Sí, el maravilloso Thor al que todos adoran. El hijo perfecto. ¡Ya ni se acuerdan de que quien consiguió su martillo fui yo! Menos mal que nací con una dósis de suerte extra, de lo contrario, a saber dónde andaría ahora.

Desgraciados. Con todo lo que he hecho por ellos. Rescaté a Idún (ni un gracias me dedicó) conseguí la lanza de Odín (éste debió pensar que ya la tenía de antes, pobre viejo, anda mal de la azotea) le regalé a Thor su martillo (como quien dice, si el río no suena, agua no lleva) ¡Incluso me convertí en yegua para…! En fin, eso no viene a cuento. Y ellos ¿qué han hecho por mí? Llamarme embaucador, timador, escoria, piltrafa, liante, mezquino, mentiroso…

Pero están equivocados conmigo. Loki no olvida. Ahora los divinos dioses van a pagar con creces sus insultos, pues he elaborado el asesinato más limpio de la historia… Pobre Bálder. Todos llorarán por él. Pero Loki ni una lágrima va a derramar

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