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5 abr. 2008

Nada dura para siempre.

El hombre contuvo el aliento mientras la observaba. Aquella rosa. Aquella rosa que reposaba de pie, frágilmente sostenida por las paredes del jarrón de cristal. Aquella rosa, roja, brillante, hermosa. El hombre estaba embelesado con su resplandor perfecto y débil aspecto.
Cada poco tiempo, el hombre rociaba con delicadeza agua del manantial más puro sobre los pétalos de la rosa, y eso le hacía sonreír. Quería que mantuviese su vitalidad, su belleza atemporal.
Pasado el tiempo, dejó de hacerlo. Los problemas inundaban su mente y consumían cada segundo de su vida. El trabajo. El dinero. El hogar. Todo eran problemas. Y finalmente, olvidó la rosa, y lo bien que se sentía cuando estaba con ella.
La rosa entristecía al ver al hombre tan preocupado, lloró y lloró, sin importarle que su belleza se estuviese consumiendo. Sus pétalos se tornaron oscuros, se retorcieron secos a su alrededor, y al final cayeron al suelo, muertos.
Entonces, el hombre la vio. Su hermosa rosa yacía negra en el jarrón de cristal polvoriento. Ya no irradiaba vitalidad, ni brillaba. Su hermosa rosa había muerto. Y el hombre entristeció. Ahora nada le quedaba. Estaba totalmente sólo, y había matado lo único que en su vida amó.

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